Ahora que la burbuja inmobiliaria se ha desinflado le está llegando el momento a la burbuja política: esa casta de personajes que, elegidos o no, manejan los hilos del poder
al margen de las necesidades y los deseos de la gente corriente.
No
hablo de los activistas de derechas, de
izquierdas, transversales, nacionalistas o centralistas, ecologistas o
anarcoides. Hablo de los políticos profesionales, infiltrados por
diversos procedimientos - elecciones generales, autonómicas,
municipales, europeas; contrataciones y nombramientos varios en virtud
de su adscripción a cualquier grupo de poder económico, sindical,
político o institucional - en el entramado politico-económico del país, y
que pierden la perspectiva y el sentido crítico en la medida en que
ganan soberbia e ignorancia a partir del momento en el que entran a
formar parte de esa elite.
Les parece normal utilizar
el teléfono, el coche, el secretario o las dietas para sus asuntos
particulares. Les parece normal tomarse un par de días de vacaciones
extra cada dos por tres para alargar el fin de semana. Les parece normal
hacer favores a amigos y parientes con la información y los contactos
que poseen en función del puesto que ocupan. Les parece normal recibir
préstamos por debajo del interés que debemos pagar el resto de los
mortales. Les parece normal disfrutar de un despacho de cincuenta metros
cuadrados repleto de maderas nobles. Les parece normal tomar decisiones
sobre la vida de las personas en virtud de compromisos más o menos
explícitos con otros personajes que oficialmente son sus adversarios. Les
parece normal saltar del Congreso a una empresa privada, del despacho de
la alcaldía a la inmobiliaria, del sindicato al consejo de administración de un banco. Les parece normal enviar un ramo de flores a
el/la amante con cargo a la Visa Oro institucional. Les parece normal
contradecir su propio programa si las circunstancias lo aconsejan. Ellos
se lo merecen.
Y les parece una injusticia la poca consideración que tienen en la opinión del pueblo llano.
Viven en un mundo aparte, autoconvencidos de que esa es la
realidad, que tienen derecho a comportarse como se comportan y que la
ética es ajena a esos asuntos. No hay más que verles por televisión en
momentos extraoficiales para
percibir claramente hasta qué punto se entienden entre ellos,
independientemente de la ideología de cada uno: ellos saben, tienen la
información, los conocimientos, los contactos, el criterio, EL PODER.
Y el poder político corrompe tanto como el económico porque es una
droga que genera una adicción peligrosísisma: una vez la has probado, no
hay dios que te desenganche, y de ahí las deslealtades, la
inmoralidad, los pactos secretos, la demagogia, las zancadillas... Y la
burbuja se infla y se infla porque se mueren menos de los que vienen
empujando para conseguir entrar en ella.
Señores mediocres y cuyas credenciales son haber sabido subirse a
un tren que tenía en principio todas las bendiciones de la ciudadanía,
pero que no han sabido conducirlo, distraídos como estaban pensando en
sus cosas.
Pero les está llegando la hora. No de bajarles los sueldos, sino de bajarles los humos.